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¿Los ambulantes son enemigos de nuestro país?

Creo que todos estamos de acuerdo con la gestión de George Forsyth en La Victoria. Y quien no lo esté, dudo represente a la mayoría del país. Definitivamente, los ambulantes tenían que dar marcha atrás. El principio de autoridad en Gamarra había fenecido, la corrupción en la comuna distrital superaba la imaginación de cualquiera. Dinero en el emporio comercial había, y mucho. Pero, de ese dinero, el Estado no sabía nada; le era imposible sacar su tajada. El caos parecía haber vencido.

Sin embargo, un rayo de luz nos devolvió la poca esperanza que nos quedaba. Un joven alcalde le demostraba al país (y nos sigue demostrando) que no es necesario ser un erudito para ser un líder político o un buen funcionario. Sólo hace falta la voluntad de ‘querer hacer’ y ‘saber rodearse’.

Pero, lo que más me llamó la atención no fue la actitud del ex arquero aliancista; sino, la actitud de la población frente a un peruano que aún no puede ser comprendido con todas sus potencialidades: el ambulante.

Pienso que la gente ha enfocado mal la solución al problema del comercio ambulatorio. Hemos olvidado que el ambulante es un ciudadano, como tú y como yo. Eso sí, es informal; es decir, no tributa, gusta del desorden, y, sobre todo, prefiere subsistir al margen de la Ley.

Los ambulantes no se ajustan a la legalidad por una simple razón: les es muy costoso hacerlo. Por ese motivo, aunque parezca increíble, son capaces de asumir el precio de sobrevivir frente a las constantes amenazas de malos funcionarios o servidores públicos que, en provecho del caos generado por este tipo de comercio, osan volverse los amos de ese mundo, sujetándolos despiadadamente a las reglas que rigen la vil extorsión.

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